Una luna llena formada por todos los miembros de la tribu y en el centro yo y mis hermanos alrededor del Sol.
La luna, cantaba.
El Sol, crecía y era cada vez más grande, cada vez más amplio. Y antes que la luna cantara el último canto… salté.
Salté sobre el Sol y atravesé los límites de la luna.

Ese fué mi ritual de iniciación, ahora ya era un cacique, Pu-am el cacique.
Nadie se imaginó lo que iba a suceder al día siguiente.
Nadie pensó que sufriríamos tanto el día en que los blancos llegaron a nuestras tierras. Nuestra tierra. Tierras que dejaron de ser nuestras ya que se las apropiaron. Sus tierras. Tierras sobre las cuales nos hacían trabajar a nosotros. Tierras de las que comenzamos a ser esclavos.

Nos quitaron todo. Familia, derechos, costumbres… Nos censuraron.
No hubo más rituales, no hubo más celebraciones.
El Sol se apagó.

Y nos fuimos a dormir, con la esperanza de que la realidad fuera solo una pesadilla. Una de estas pesadillas que no te gusta recordar, y que al recordar que solo te perturbaron durante unas pocas noches… suspiras, aliviado.

Dormir no fue fácil y sí, las cosas cambiaron… pero para peor.
Nos alzamos y luchamos. Nos sublevamos y matamos.
El llanto se convirtió en gritos, y las lagrimas en sangre. Sangre que derramamos por nuestras tierras, por nuestras costumbres, por nosotros. Sangre que nunca se podrá recuperar, sangre arrebatada injustamente.
Nuestra sangre y la de ellos, pero sangre al fin.
Sangre que marcó …sangre, sangré, sangró.

Anayawaka, hijo mío. Anayawaka, nunca te calles.
Anayawaka, hijo mío. Recuerda quien eres, y recuerda que las huellas no se hacen solas, ni con solo ir pisando.
Anayawaka, hijo mío. Recuérdate. Recuérdame. Recuérdanos. Recuérdanos, y danos vida aún después de perderla.

Sangre, sangré, sangró.
Su sangre, la nuestra, la misma sangre…